Postura Pedagógica
Filosofía Educativa
La lengua no es un conjunto diferente de etiquetas para la misma realidad — es una visión diferente de la realidad en su totalidad.
La educación no comienza con el currículo, sino con el asombro. De niño, exploraba el mundo con una curiosidad innata, construyendo personajes imaginarios y encontrando historias en los detalles más simples de la naturaleza. Hoy, al entrar en un aula internacional, mi compromiso sigue siendo el mismo: proteger esa capacidad de asombro, honrando la sabiduría natural que cada joven lleva consigo. No veo el lenguaje como un conjunto de reglas gramaticales para memorizar, sino como una necesidad biológica: el mecanismo vivo a través del cual tejemos, reparamos y transformamos orgánicamente nuestra realidad humana compartida.
1. El origen del asombro
La decisión de trabajar con jóvenes se formó temprano. Me encantaba estar en la escuela y conectarme con mis compañeros era algo natural. En cuarto de primaria, sentí una profunda satisfacción al guiar a un compañero en una lección de inglés. Tras explorar distintos entornos corporativos—desde informática y salas de archivo hasta tareas de almacén y campos petroleros—comprendí que necesitaba un camino arraigado en las humanidades.
Entrar a un aula confirmó mi vocación. La infancia es un periodo precioso profundamente conectado con la naturaleza y debe protegerse. Cuidar a los niños es una forma de aceptar a mi propio niño interior, aprendiendo de ellos a estar presente, a jugar y a ser alegre.
2. Reconfigurar el aula
En Guainía, Colombia, enseñando a comunidades indígenas bilingües Piapoco, Sikuani y Puinave, me enfrenté a las limitaciones de las métricas académicas tradicionales. Cuando los estudiantes tenían dificultades con una actividad en inglés y se llamaban a sí mismos “brutos”, detuve la clase. Les dije: “Si me ubican en medio de su selva, me perdería. No sé trepar a las palmeras para recoger fruta y no conozco este territorio. En la selva, el ignorante soy yo. Nuestras habilidades son simplemente diferentes, ambas son valiosas y el mundo necesita de ambas. Ustedes serán mis maestros”.
Cuando pasamos a sus historias—como la forma en que trasladaron a un compañero mordido por una serpiente a un hospital a cinco horas de distancia en lancha rápida—sus cuerpos se relajaron y sus voces cobraron vida. El lenguaje es un vehículo de conexión, no una recuperación pasiva de vocabulario. El verdadero aprendizaje es un diálogo bidireccional donde el docente es a menudo el estudiante y el estudiante es la guía.
3. La acción y el cuerpo
El aprendizaje vive en el cuerpo. Mi tesis de maestría (Universidad de Sevilla) se centró en la Cognición 4E: la comprensión de que la mente es Corporizada, Enactiva, Situada y Extendida (Embodied, Enacted, Embedded, Extended). A partir de los trabajos de Humberto Maturana y Francisco Varela sobre la autopoiesis y la enacción, desarrollé una metodología de inmersión sensorial y el andamiaje SENSUM.
En lugar de memorizar vocabulario en un pupitre, los estudiantes adquieren el idioma a través de vías somáticas y sensoriales. Cada palabra entra dentro de una escena narrativa, ligada al gesto físico, la imaginería visual y el contexto emocional. Si un niño que imagina una acción física como agarrar puede procesar la metáfora abstracta de “agarrar una idea” más rápido, entonces el bosque, el clima y el suelo son extensiones cognitivas directas del proceso de aprendizaje.
Este enfoque resuelve la dificultad que enfrenté en el Tarsus American College en Turquía. Los estudiantes de secundaria, acostumbrados a la memorización, exigían hojas de trabajo porque la indagación crítica les resultaba expuesta. Al introducir gradualmente preguntas reflexivas en formatos familiares, andamié su agencia, llevándolos de la compleción pasiva de fichas a una participación activa y corporal.
4. Echar raíces en comunidad
El aula es un organismo vivo y consciente. Basado en el pensamiento Ubuntu—“Soy porque somos”—creo que el aprendizaje no puede ocurrir sin seguridad relacional. Cuando surge un conflicto, no utilizo recompensas punitivas ni aislamiento. Nos reunimos en un círculo restaurativo. Pregunto: “¿Qué sentiste en tu cuerpo cuando ocurrió eso? ¿En qué parte lo sentiste?” Trasladamos el enfoque de la culpa lógica a la regulación somática. Al enseñar a los niños a hablar desde el “yo” y co-crear límites, el conflicto se convierte en una invitación a la empatía.
Fuera del aula, practico la misma “mente de principiante”. Ya sea pedaleando 1.200 kilómetros sin asistencia desde Colombia hasta Ecuador, tocando la guitarra o pasando una hora observando a las hormigas llevar migajas de pan (moronas) en el suelo, busco la presencia. Llegar sin suposiciones rígidas es la disciplina que mantiene mi enseñanza honesta. Es la forma en que damos un paso atrás para que los niños den un paso adelante.